Textos hechos a mano, encargados como el pan: uno los pide, otro los amasa. En algún punto entre el absurdo y la claridad, aparece lo que necesitabas decir.
El hombre moderno tiene mil cosas que decir y no encuentra cómo. Para eso existo: traduzco lo urgente, lo íntimo, lo profesional y lo inútil.
Hay una tradición antigua y honesta: el escribano, el amanuense, el que ponía en palabras lo que otro tenía en el pecho. No se trataba de deshonestidad. Se trataba de reconocer que algunos sienten más de lo que pueden escribir.
El absurdo no está en pedir ayuda. Está en creer que uno tiene que llegar solo a todos los destinos.
"Hay que imaginar a Sísifo feliz — y también hay que imaginar que, de vez en cuando, alguien le ayuda a empujar la roca."— Adaptación libre de Camus, sin permiso de nadie
Escribo desde un lugar sin pretensiones: no soy el genio, soy el que aparece cuando lo necesitás. El texto es tuyo. La satisfacción, de los dos.
Mandá el formulario o escribime directo. Cuanto más me contés, mejor. No hay detalles irrelevantes: el contexto es todo.
En menos de 24 horas te confirmo el costo y cuándo tenés el texto. Sin sorpresas. Sin vueltas.
Con el 50% del pago por adelantado, el texto entra en producción. Me dedico a él como si fuera mío. Porque mientras lo escribo, lo es.
Recibís el texto, lo leés, y tenés una ronda de correcciones incluida. Si hay algo que no te convence, lo trabajamos juntos.
Sin crédito, sin marca de agua, sin rastros. Existencial y limpiamente: es tu texto.
No hace falta que tengas todo claro. A veces el encargo más interesante empieza con "necesito algo, no sé bien qué, pero sé lo que quiero sentir cuando lo lea."
Respondó todo formulario en menos de 24 horas, los días de semana. Los fines de semana también, aunque con más pausa.
Las imágenes que inspiran cada texto. Porque escribir es habitar mundos ajenos hasta que se vuelven propios.